Era sábado por la mañana, despertó de golpe con la voz de sus abuelos en sus oídos. ¡No podía ser!, otra vez habían llegado antes de que él despertara, es que era muy difícil levantarse más temprano que ellos.
De un momento a otro él ya estaba casi listo para ir a recibirlos, como todos los sábados. Afectuosos abrazos para ambos, besos para la abuela, y para el abuelo algunas bromas que la mayoría de las veces terminaban en un ligero planeo por los aires. Al cabo de un rato los abuelos se ponían a hablar cosas de adultos con los papás, y él se ponía a jugar con cualquier cosa mientras esperaba la típica frase de su abuelo; "Francisco!, traje galletitas para ti y tus hermanos!". Nada era mejor que las galletas que traía su abuelo para comenzar un sábado. Algunas veces comía tantas que ya no le quedaban deseos de almorzar.
Avanzada la tarde él invitaba a su abuelo a jugar distintos juegos, juegos que el abuelo aceptaba con gusto. Se pasaban la tarde jugando a la pelota, jugando partidas de cartas, de dominó, o de cualquier juego de mesa, si hasta aprendió a jugar ajedrez con su abuelo. Los juegos siempre los perdía pero, sin temor a perder nuevamente, volvía a intentarlo. Cuando caía la noche, sus abuelos se iban y él quedaba con la satisfacción de haber pasado una entretenida tarde con los mejores abuelos que podría tener, y lo mejor era que, dentro de 7 días más, la historia se volvería a repetir.
Fueron pasando los años y la visita de sus abuelos se hicieron cada vez menos frecuentes.
Cuando él cumplió 16, entendió que sus abuelos, por diferentes motivos, ya no visitaban su casa, pero esto no fue motivo para que dejasen de verse, porque él los visitaba cada vez que tenía tiempo, aunque claro...ya no era todo los sábados y su abuelo no le esperaba con galletas.
Un día, con ya 18 años de edad, él caminaba por el centro de Santiago cuando de sorpresa encontró la pastelería donde su abuelo solía comprar esas Galletas que tanto le gustaban y que tan buenos recuerdos le traían. No tenía hambre, pero sin embargo pasó a la pastelería y compró galletas. De camino a su casa comió algunas, y cuando llegó, compartió el resto con sus hermanos en un fallido intento de revivir esos momentos de alegría en su niñez. Pasaron algunos días, era viernes por la noche y él no podía soportar un minuto más sin dormir, había estado trabajando en sus tareas y sólo quería descansar, se acostó sin intención de levantarse por unas buenas horas. Sin embargo, su sueño fue interrumpido por unas voces que sonaban familiares, se levantó y su sorpresa fue muy grande. Eran sus abuelos!, estaban en su casa desde temprano, como en los viejos tiempos. Él los saludó con alegría... abrazos y besos para su abuela y un fuerte apretón de manos para su abuelo. Las cosas habían cambiado mucho desde que él era un niño, pero su abuelo mantenía la misma simpatía que lo caracterizaba. Se hicieron algunas algunas bromas mutuamente y al cabo de los saludos, su abuelo le entregó una bolsa que contenía las mismas galletas que traía todos los sábados años atrás. Que bonito gesto.
Todo esto no se trataba de las galletas, sino de la alegría que le daba el poder compartir con estas dos grandes personas una tarde entera, y de lo afortunado que él se sentía al tenerlos a ambos tan cerca suyo siempre.
lunes, 26 de septiembre de 2011
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